A lo garçon

María tenía la esperanza de que esta vez la historia fuera distinta. Nueva ciudad, nuevo colegio, nueva actitud. No tenía otra pretensión que la de ser feliz, sentirse acogida, integrarse. Sus padres se habían sacrificado y trastocado sus vidas para que lo consiguiera.

Volvía a ser la nueva del grupo y apenas sin hablarle o concederle un margen de cortesía para conocerla ya la demonizaron. A diferencia del resto de las chicas, con abundantes melenas y cuidados estilismos, era un poco desaliñada y llevaba el pelo como un chico. Al cortárselo, su abuela le explicó que  a mediados del pasado siglo ese estilo de peinado se llamaba «a lo garçon» y no todas se atrevían a hacérselo, solo las mujeres independientes y valerosas.

Apenas habían pasado unos días desde su llegada,  cuando en una de las clases María se aproximó a Julia, su compañera de pupitre, para comentarle algo al oído, apoyándole la mano en el hombro de la forma más natural. Esa aproximación no tardo en ser malinterpretada con saña. Comenzaron las maledicencias, los comentarios y las miradas furtivas al considerar que no había respetado la distancia física que su doble moral consideraba adecuada. No era como ellas y la criticaban por ello, mientras le impedían serlo. La tragedia se repetía de nuevo, aunque con actores y decorados diferentes.

Sabiendo lo que le había sucedido en otros lugares, debería haber evitado cualquier gesto que pudiera interpretarse de forma aviesa, pero le resultaba casi imposible. Ella era natural, cercana y sin doblez o segundas intenciones, pero el ambiente que la rodeaba era todo lo contrario.

Chicazo o machirulo fue lo menos ofensivo, pero en los corrillos y cuando no estaba presente circularon otros calificativos más descriptivos y excluyentes como bollera, tortillera o lesbiana.

No tardó en darse cuenta, siempre sucedía igual. El grupo no admitía las disidencias y expulsaba a los diferentes de forma brutal, sin posibilidad alguna de indulto o amnistía. No hay nadie más cruel que un adolescente en grupo, que se cree en posesión de la verdad.

Ya estaba agotada de tener que explicar o justificarse, de bajar la cabeza y transigir, de someterse a las reglas del grupo. Era como era y punto, tenía todo el derecho del mundo para ello. Si les gustaba, bien, si no, a hacer puñetas.

Pero según pasaba el tiempo, la soledad y la presión sobre ella fueron minando su espíritu, ya debilitado por otras peleas, por otras derrotas. La intransigencia se había cobrado una nueva víctima.

Cuando encontraron su cuerpo al pie del viaducto, el periodista encargado de la crónica solo destacó su corte de pelo a lo garçon.

 

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 5 de septiembre de 2020.

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