Materialización

Nuestra extinción como especie se acercaba sin remedio, sin alternativas. Cuando la esperanza de vida de la humanidad podía contabilizarse por meses, la ciencia nos ofreció, in extremis, una sutil esperanza que germinó entre los supervivientes.

La pandemia del COVID 19 constituyó el primer aviso serio. Era cierto que otras pandemias habían asolado la humanidad, pero lo achacábamos a que la ciencia estaba poco desarrollada y los recursos para luchar contra ellas eran pocos y obsoletos. El COVID nos demostró que, a pesar de todos nuestros avances científicos y tecnológicos, un simple virus podía trastocar lo que no habían conseguido dos guerras mundiales y multitud de conflictos regionales.

Las farmacéuticas, gracias a una investigación financiada con fondos públicos, se enriquecieron. Aún así, a todos nos pareció bien porque en un plazo mucho menor de lo habitual dispusimos de vacunas que ayudaron a reducir de forma drástica el número de contagios y de fallecimientos. Los países ricos comenzaron a respirar de nuevo mientras sus bolsas de valores escalaban de forma vertiginosa. Lo que sucediera a la población del resto del planeta no tenía importancia. Todas las propuestas que los organismos internacionales lanzaron para liberalizar las vacunas y hacerlas asequibles a aquellas naciones con menos recursos fueron inútiles. El pastel era demasiado apetitoso como para dejarlo perder.

Fueron pasando los meses y aunque periódicamente aparecían en los medios noticias sobre nuevas mutaciones del virus, nadie les prestaba demasiada atención. Los hospitales se habían vaciado y las personas habíamos recuperado nuestra vida «normal», en la que podíamos llorar a nuestros muertos y acompañarlos a sus sepulturas. Incluso parecía que la pandemia perdía fuerza en las zonas más pobres del planeta.

La nueva mutación, que dotaba al virus de la capacidad de impactar en otros órganos, nos cogió desprevenidos. Ahora no solo atacaba al sistema respiratorio, también al circulatorio. Cuando se intentó reaccionar, los hospitales estaban saturados de personas que apenas podían respirar y otras, las más graves y afectadas por esa nueva variante, se desangraban hasta la muerte en muy pocas horas.

Al llegar a través de los medios de comunicación las fotografías de los efectos de esa nueva cepa sobre la población, se produjeron reacciones de pánico, que se acrecentaron con el tiempo ante la falta de soluciones.

En la mayoría de los países se produjeron avalanchas en el afán de acaparar alimentos, disturbios callejeros y asaltos a centros comerciales. Los gobiernos restauraron la legislación de alarma sanitaria, pero no tuvieron más remedio que acabar aplicando la ley marcial para frenar la anarquía.

Aunque los científicos de los diferentes  continentes comenzaron a colaborar sin descanso para frenar los efectos de la enfermedad, los resultados se demoraban y el desprestigio de la ciencia fue en aumento.

Ocuparon el puesto de los científicos multitud de charlatanes, telepredicadores, orates y otros descerebrados similares que ofrecían soluciones milagrosas apoyándose en unas redes sociales descontroladas. Una nueva edad oscura en la que dominaban los populismos, el oscurantismo y un falso misticismo, que solo servían para incrementar el pánico, se cernió sobre la humanidad.

Como contrapartida y dado que ahora el enemigo era común y no entendía de fronteras e ideologías, las autoridades nacionales e internacionales emprendieron una colaboración sin precedentes, que se encarnó en el refuerzo de la Organización de las Naciones Unidas. La ONU se dotó de fuerzas de combate estables y permanentes, aportadas por los distintos países, pero bajo un mando único. Con su intervención, los desmanes se redujeron hasta un nivel asumible.

A la nueva pandemia le sucedió la sequía al sur del ecuador, que se presentó con una dureza desconocida hasta entonces. Como consecuencia, sobrevino la hambruna, que a diferencia de las anteriores apenas se pudo paliar porque los países tradicionalmente aportadores de fondos estaban limitados por sus propios problemas internos.

Tras la sequía y el hambre llegaron las inundaciones y otros desastres naturales que diezmaron la población de planeta. Los últimos cálculos concluían que esta se había reducido cerca de un ochenta por ciento. Los templos de todas las religiones volvieron a llenarse, pero los milagros no llegaban.

Casi un año después del inicio de los desastres, un descubrimiento que pasó casi desapercibido inició la recuperación del optimismo en una humanidad desesperada.

Un equipo de astrofísicos descubrió un planeta similar a la Tierra en una estrella relativamente cercana. Al parecer podría contener agua y una atmosfera susceptible de permitir la vida humana con ligeras modificaciones al alcance de la ciencia y de nuestros recursos actuales.

Las diferentes agencias espaciales lanzaron una sonda de exploración. Lo pudieron lograr en un tiempo récord colaborando juntas y aprovechando proyectos en avanzado estado de desarrollo. Los datos que proporcionó la sonda permitieron confirmar que el planeta Esperanza, como se le bautizó, podía ser el destino ideal para una humanidad que había perdido la batalla contra la naturaleza y que estaba abocada a la extinción.

A este descubrimiento se sumaron otros. Juntos, permitían ofrecer razonables oportunidades de salvación para nuestra especie.

Mediante la replicación de antiguas investigaciones y el empleo de recursos de la inteligencia artificial, la supercomputación y la física cuántica, junto con el uso de la energía, un equipo multidisciplinar logró transportar materia de un punto a otro. La teletransportación fue posible gracias a la aplicación de algoritmos adecuados a unos equipos diseñados ad hoc. Utilizaron primero fotones individuales, después átomos y finalmente sistemas más complejos, como animales vivos. En un primer momento realizaron los experimentos en distancias cortas, que fueron aumentando en estudios posteriores hasta lograr teletransportar objetos a cientos de kilómetros.

Asimismo, se probó que el fenómeno era aplicable en humanos gracias a los voluntarios que participaban en el programa, que no sufrieron daño alguno tras los experimentos, por lo que quedó demostrado que no había obstáculos insalvables. Las bases del proyecto Terranova habían sido fijadas y al sistema de teletransporte se le llamó Quantum.

La hipótesis que sustentaba Quantum era que si se conseguía la terraformación del planeta Esperanza para que fuera habitable y la teletransportación entre la Tierra y el exoplaneta era factible, la humanidad podría abandonar la que había sido nuestra morada durante millones de años para emigrar en busca de una vida mejor.

Terranova se convirtió en un proyecto universal, al que se destinaron inmensos recursos humanos y materiales. Los medios de comunicación insistían en la maravillosa esperanza que Terranova ofrecía a la especie humana, mientras la retransmisión de todas las actividades que se llevaban a cabo para conseguirlo recordaba la construcción en directo de aquel enorme hospital en China, a principios de 2020, para frenar la pandemia primitiva.

Se lanzaron misiles similares a las bombas de hidrógeno, que no generaban radiaciones nocivas ni residuos, y se realizaron las imprescindibles modificaciones en Esperanza para conseguir su terraformación. Para acortar los tiempos de navegación estelar se aprovecharon por primera vez los agujeros de gusano con un rotundo éxito. Toda la investigación espacial acumulada servía ahora para reducir plazos y aproximarnos a nuestro objetivo. Los niños y las niñas soñaban con ser astronautas y se comenzó un programa global de educación y concienciación para evitar problemas en la masiva emigración que iba a tener lugar en muy poco tiempo.

Las primeras tripulaciones multinacionales que se posaron en Esperanza al asentarse los cambios confirmaron que la atmósfera era respirable sin equipos externos, que había agua en abundancia y que la superficie era susceptible de cultivar, al disponer de minerales y nutrientes similares a los de nuestro planeta.

A pesar de que la mortalidad por la pandemia crecía día tras día, la esperanza de poder huir de ella nos incentivaba para mantener la lucha.

En cuanto fue posible se montaron las estaciones receptoras de Quantum en el planeta Esperanza, junto con las infraestructuras mínimas para permitir la habitabilidad de los que fueran llegando. En bases secretas de ambos hemisferios terrestres se comenzaron a construir lanzaderas y plataformas de lanzamiento. Servirían para enviar, en paralelo con Quantum, equipos y suministros al exoplaneta ahorrando tiempo. Todos los trabajos llegaban de inmediato a la población a través de los medios de comunicación, principalmente en imágenes, aunque sin detalles que permitieran adivinar su ubicación. Algunos conspiranoicos lanzaron advertencias de que todo era un bulo, pero desaparecieron inmediatamente sin dejar rastro.

Los gobiernos nacionales, coordinados, diseñaron protocolos para gestionar las prioridades de teletransporte de sus ciudadanos y ciudadanas. Mientras, se comenzaron a construir grandes instalaciones para albergar las unidades emisoras de Quantum, siguiendo los planos y las especificaciones determinadas expresamente por el comité científico del proyecto. Todos los pasos del proceso eran difundidos y confirmados por las autoridades.

En apenas unos meses todo estaba preparado para iniciar la mayor emigración jamás soñada. Cada unidad emisora contaba con multitud de celdas individuales desde donde se realizaba la desmaterialización de los individuos y su teletransporte hasta la unidad de destino, donde se materializaban de nuevo. El tiempo necesario para cada fase era de milisegundos, lo que hacía muy rápido y eficiente el proceso.

La emigración era voluntaria, pero en la fechas acordadas apenas faltó nadie. El paso por los lugares de emisión era controlado por las fuerzas armadas o los cuerpos de seguridad, pero no se produjo el más mínimo incidente. La secuencia era muy simple, se comprobaba la identidad de cada sujeto, se le vacunaba y accedía a una cabina. Al cerrarse herméticamente la puerta se producía la desmaterialización.

Con júbilo desbordante y eficiencia germánica, la totalidad de la población civil emigró. Una de las escenas retransmitidas por los medios fue la de un centro emisor donde una banda tocaba alegres pasacalles mientras los ciudadanos realizaban entusiasmados los trámites que les aproximaban a su salvación. A continuación, pasaron las tropas y los equipos de control. El último controlador puso el sistema en automático y entró en la celda asignada. Lamentablemente y debido a una tormenta solar, no fue posible emitir imágenes en la Tierra de la llegada de los emigrados a Esperanza tras su materialización allí.

Salvo unos escasos negacionistas y las pocas personas que no se enteraron de las convocatorias efectuadas por las autoridades por diferentes motivos, la población mundial se había trasladado a Esperanza. Los que quedaron en la Tierra no tardarían en desaparecer.

Llevo varios días intentando contactar con el centro de comunicaciones del Arca, pero ya no responde. En su último mensaje aseguraban que la pandemia había conseguido sortear todas las medidas y barreras de protección y que estaba exterminándolos sin que los remedios disponibles sirvieran para nada. Algunos hombres se habían lanzado al agua para escapar y perecieron ahogados o  fueron pasto de los abundantes tiburones.

Me llamo Stefan. Yo era un reputado científico antes de convertirme en un genocida y facilitar la autoextinción de la humanidad. Pero para que puedan comprenderlo debo retroceder en el tiempo.

Cuando los avances de la pandemia y el resto de los desastres naturales arrojaron niveles inimaginables de mortandad, un grupo de científicos, entre los que me encontraba, rescatamos la teoría del «reseteado planetario». Dicha teoría preconizaba que en cuanto nuestro planeta alcanzara un alto nivel de destrucción,  eliminaría la causa de sus males, y la principal era el ser humano. Mediante el encadenamiento y coordinación de desastres naturales con enfermedades y pandemias,  haría lo posible por erradicar a la humanidad para comenzar a reconstruirse.

Convencidos de que dicho proceso se había puesto en marcha y que era imposible detenerlo, planteamos a las autoridades mundiales el proyecto «Nueva Arca», que básicamente consistía en seleccionar a los mejores especímenes humanos para preservarlos y poder iniciar la repoblación de la Tierra cuando finalizara el reseteado.

La condición imprescindible para el éxito del proyecto era la absoluta confidencialidad. Para conseguirla, compartimentamos la información y la manipulamos. Nuestra baza principal fue conseguir que la atención de la humanidad estuviera pendiente de otra cosa. Para ello nada mejor que una razonable esperanza de salvación, la emigración estelar al planeta Esperanza. Un reducido puñado de personas, eso sí, con enorme poder, conocía los detalles y tomaba las decisiones.

Ninguna de las noticias positivas relacionadas con la teletransportación de los seres humanos a otros planetas era cierta, todo era un montaje espléndidamente diseñado y muy bien «vendido» por los medios de comunicación. Solo conocían la verdad los más altos directivos de las cadenas y los técnicos imprescindibles para crear las falsas imágenes que se difundían. Mantuvieron el secreto a cambio de ser incluidos entre los supervivientes; ellos o alguno de sus allegados. Los cosmonautas y el resto de los científicos ajenos al proyecto estaban convencidos de que la preparación se estaba llevando a cabo en bases secretas y jamás sospecharon. La superchería era de tal magnitud que era inimaginable no creer en ella.

La sede del Arca era un pequeño archipiélago de Micronesia, considerado apto para la supervivencia y equipado con todo lo preciso, salvo el transporte. Para mantener el secreto no podían salir de allí ni comunicarse con nadie salvo conmigo. Estaba previsto que cuando hubiera finalizado el proceso de desmaterialización, yo desbloquease su acceso a las comunicaciones. Eso les permitiría acceder al control remoto de unas embarcaciones ocultas en islas cercanas y poder así abandonar su aislamiento.

La desmaterialización era la mayor mentira. En realidad, las unidades de emisión eran una versión 3.0 de los crematorios nazis de la segunda guerra mundial.

Asociando la potencia del láser a un impacto de muy alta energía durante escasos milisegundos, se conseguía vaporizar sin apenas residuos a un ser humano. Esos residuos eran convenientemente aspirados y almacenados en silos. Eran el equivalente a las fosas comunes de Auschwitz, Mauthausen y otros inolvidables campos de exterminio masivo.

Para evitar sufrimientos, antes de entrar a las cabinas se inoculaba a todas las personas un potente anestésico. Éste producía un efecto inmediato y calculado de narcosis y catalepsia que les evitaba los efectos de la desmaterialización. En eso consistían las vacunas de las que los candidatos a la emigración estelar jamás sospecharon.

El fin último del genocidio no era otro que ayudar al planeta a reconstruirse cuanto antes, librándole de su mayor amenaza, nosotros. Lo más curioso fue que todos las personas desmaterializadas estaban alegres y convencidas de que su destino era un planeta en el que las cosas iban a mejorar.

No soy ningún genio del mal, ni un ludita extremo, simplemente llegué a la conclusión de que Nueva Arca ofrecía una mínima posibilidad de supervivencia para la raza humana. Para los no elegidos representaba la manera de evitar un sufrimiento cierto.

Perdí a mi mujer durante el COVID y la recompensa por mi trabajo consistía en que mi hija estaría entre los elegidos y podría salvarse. Ahora sé que eso no ocurrirá y esa certeza me ayudará en lo que me queda por hacer.

No voy a pecar de soberbia y creerme el último hombre sobre la Tierra, pero tengo la certeza, tras el silencio del Arca, de que muy pronto el ser humano habrá desaparecido y quizá el planeta se recupere.

Mientras me dirijo hacia la unidad emisora más cercana atravieso ciudades y pueblos completamente desiertos sumidos en el silencio, como en la etapa del confinamiento. Mi pensamiento divaga y pienso en los instrumentos de la banda que tocaba pasacalles mientras la gente accedía a las cabinas. Esos instrumentos que permanecerán allí hasta que el tiempo y los elementos los devoren. En breves instantes voy a inyectarme la dosis que me corresponde. El sistema para desmaterializarme está en automático y cumplirá su cometido sin fallos, como hasta ahora.

Acababa de amanecer en un remoto rincón de la selva amazónica. Cuy salió del poblado para ir de caza. Formaba parte de una de las escasas tribus incontaminadas que no habían mantenido jamás contacto con la civilización. Miró al cielo y le extrañó no ver rayas blancas, hacía un tiempo que habían desaparecido, como el tráfico por el río.

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, febrero 2021

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