RETRATO DE VIDA

CUADRO DE VIDAEl gañido de las gaviotas le recordó que estaba amaneciendo y que su aventura tenía fecha de caducidad.
Se enfrentó a la obra con la humildad que distingue a los genios. La tarea que inició tras su pérdida estaba casi terminada. No buscaba que le recordasen, sino recordar él mismo los objetos que representaban hitos en su existencia.
Empezó con un cielo neutro y sin nubes, únicamente una gaviota, como las que habitaban aquel puerto de mar triste y melancólico. Ese puerto que había ido perdiendo vida y barcos hasta quedar como un pecio, sucio y oxidado, como los colores del cuadro.
Sobre el horizonte cercano, la cabaña sencilla en la que su padre remendaba las redes mientras le relataba historias de singladuras y naufragios olvidados. Sentados en la mesa junto a la pared esperaban que la puesta de sol les trajera algún milagro que nunca llegaba.
Al lado de la puerta, la guitarra que aprendió a tocar por su cuenta, con la esperanza de que fuera el pasaporte hacia una vida mejor, lejos de ese mar de miseria y dramas con el que convivía.
Sin embargo, lo que le llevó a otros mundos no fue la guitarra, fueron las letras. Agrupadas en palabras, oraciones, líneas y páginas, embaldosaron un camino que le guio. Además, le revelaron la brevedad de la existencia cuando se consume a grandes tragos. Tragos de existencia y ajenjo noche tras noche, escuchando su voz desgarrada en aquel cabaret de la ciudad luz. Allí se atrevió a soñar que era un gran escritor, antes de que sus relatos acabaran, junto con otros desechos, en la letrina de la alocada y fugaz época entre guerras.
De nuevo la mesa, mesa de triste profesor de provincias, que para alimentar a su musa y a sí mismo debió cambiar la vanguardia por los clásicos, la rebeldía por el hastío, el amor por la apatía.
Ya está todo, incluida la maleta de cartón que le acompañó en su destierro y en la que, junto a sus escasas pertenencias, guarda aquel libro de relatos. En sus páginas habla del mar triste y de los puertos de interior donde naufragan los corazones solitarios. Cada vez que lo abre recuerda canciones y noches de placer, interrumpidas por el sonido del odio y de las bombas.
Ya casi está, da la última pincelada ocre al paisaje y se aparta para contemplar su obra. Después, como si fuera a salir, se pone un abrigo a tono con el fondo y se cala su sombrero con aquel gesto displicente y aparentemente no estudiado, que tanto le gustaba a ella.
Junto al cuadro ha colocado una escalera, cerca de la lámpara y de la viga del techo que fue durante mucho tiempo su última esperanza. Se sube a la escalera y, sin ningún temor, se lanza sobre sobre el paisaje, que lo recoge como un apacible féretro para toda la eternidad.

Bartolomé Zuzama. 01/06/2015

Deja un comentario