Sin miedo a volar

salto al vacioLa pared de la sala de reuniones era acristalada y se abría a un paisaje de extrarradio urbano. Chalets y pequeños edificios modernos alternaban con parcelas vacías e incluso con alguna vieja casa molinera.

El ponente seguía hablando y, uno tras otro, salían de su boca conceptos y palabras extrañas, demasiado especializadas y terriblemente aburridas. Celestino hacía verdaderos esfuerzos para mantenerse atento y participar, pero inexorablemente su mirada acababa dirigiéndose al exterior, donde un día gris e invernal transcurría lento, demasiado lento.

Poco a poco voces y sonidos del entorno se fueron unificando en un rumor monocorde que comenzó a acunarle e hizo que sus ojos acabaran cerrados. No sabía cuánto tiempo había desconectado, pero al despertar sobresaltado se encontró mirando una lánguida piscina, casi vacía y rodeada de sombrillas. Lucía un sol espléndido y la temperatura invitaba al baño, cosa que se dispuso a hacer sin demora.

Cuando la policía interrogó al resto de los participantes en la reunión, únicamente pudieron declarar que, sin mediar palabra ni movimiento previo, Celestino se había levantado y, tras coger impulso, se había lanzado hacia el exterior, atravesando el cristal. Tras una caída de nueve plantas, había aterrizado sobre el techo de un taxi cuyo conductor todavía estaba siendo tratado de un ataque de ansiedad.

Las autoridades comenzaron a preocuparse cuando, uno tras otro, los asistentes a aquella reunión intentaron volar desde diferentes lugares, siempre altos y urbanos. En las redes sociales ya comienza a hablarse de epidemia.

 

Bartolomé Zuzama. Arroyo, 18 de febrero de 2016.

 

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